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Este año celebramos la 111ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado en el contexto del Jubileo de los migrantes y del mundo misionero. Este tiempo jubilar nos invita a releer las migraciones no solo como un fenómeno histórico y social, sino como un acontecimiento teológico y un signo de los tiempos, en el que se manifiesta la dimensión peregrina de la Iglesia y de toda la humanidad.
El Papa Francisco nos ha llamado a asumir la perspectiva de los «peregrinos de la esperanza»: los migrantes y los refugiados, a pesar del sufrimiento de su condición, no dejan de creer en un futuro posible. En ellos se renueva la experiencia del pueblo de Israel, que en el desierto reconocía la fidelidad de Dios: «Él les cubrirá con sus plumas, y bajo sus alas encontrarán refugio» (Sal 91,4). Su valentía se convierte así en un anuncio profético para todos ustedes.
Ante escenarios de guerras, crisis climáticas, pobreza extrema y migraciones forzadas, la humanidad parece a menudo consciente de las injusticias, pero incapaz de actuar, paralizada por la convicción de que nada puede cambiar. En un reciente videomensaje a los ciudadanos de Lampedusa y Linosa, el papa León XIV subrayó cómo la «globalización de la impotencia» ha echado raíces en el corazón del hombre. Es la dramática evolución de esa «globalización de la indiferencia» que el papa Francisco denunció precisamente en Lampedusa en 2013, cuando advirtió que el alma humana corría el riesgo de anestesiarse ante el dolor de sus hermanos.
La indiferencia nos ciega, la impotencia nos inmoviliza. Ambas minan la fraternidad y la solidaridad universal, apagando la capacidad de imaginar soluciones nuevas y compartidas. A estas derivas hay que oponerse con una «cultura de la reconciliación», como ha propuesto el Santo Padre: no una simple tregua o una tolerancia de fachada, sino un proceso espiritual y social que cura las heridas de la memoria, reconstruye las relaciones rotas y transforma los conflictos en oportunidades de encuentro.
Reconciliarse significa reconocer al otro como hermano y hermana, incluso allí donde la historia ha levantado muros visibles e invisibles. Es una labor lenta, que requiere paciencia, perdón, valentía política y compromiso personal. Pero es la única manera de hacer brotar semillas de paz en un mundo cada vez más marcado por las divisiones. Como enseña San Pablo, «Dios nos ha confiado el ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5,18), porque nuestra misión no es permanecer como espectadores, sino convertirnos en constructores de fraternidad.
Nosotros, los Misioneros Scalabrinianos, llevamos más de 130 años compartiendo la vida de los migrantes en las fronteras geográficas y existenciales del mundo. En nuestra presencia en los ámbitos y servicios pastorales, constatamos cada día la precariedad y la imprevisibilidad a las que se enfrentan nuestros hermanos y hermanas. Sin embargo, no es la incertidumbre lo que les guía, sino la esperanza, esa virtud teologal que, como enseña el Catecismo, «responde a la aspiración de felicidad que Dios ha puesto en el corazón de cada hombre» (CCC 1818).
Por eso, los migrantes no son solo destinatarios de su cuidado pastoral, sino también auténticos maestros espirituales, compañeros de viaje, testigos de esa esperanza que no defrauda (cf. Rom 5,5). Ellos recuerdan a la Iglesia su naturaleza de civitas peregrina (San Agustín, De civitate Dei), pueblo en camino hacia la patria celestial, y le ofrecen la posibilidad de renovarse, de salir de toda sedentarización espiritual, para reencontrar la alegría del Evangelio.
El mismo Señor, que “no tenía dónde recostar la cabeza” (Lc 9, 58), se hizo peregrino: al acompañar a los migrantes y refugiados, acompañamos a Cristo, y en Él descubrimos nuestra misión. “Fui forastero y me recibieron en su casa” (Mt 25, 35) no es solo un mandato evangélico, sino la clave para interpretar nuestra vocación misionera y nuestra responsabilidad como Iglesia y como humanidad.
A la Virgen María, Estrella del Mar y consuelo de los migrantes, y a San Juan Bautista Scalabrini, padre de los migrantes, confiamos a todos aquellos que están en camino y a quienes se esfuerzan por acogerlos. Que el apoyo maternal de María y la intercesión de nuestro santo Fundador les acompañen en su compromiso de construir una globalización de la fraternidad, la paz y la reconciliación, para que su peregrinación de esperanza con los migrantes se convierta en patrimonio y vocación común de toda la familia humana.
Fotos: Adobe Stock