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La trata de personas es una de las formas más crueles de violación de la dignidad humana en la actualidad, afectando a millones de víctimas en todo el mundo, muchas de ellas migrantes en situación de vulnerabilidad. Para profundizar en el tema, entrevistamos al P. Márcio Toniazzo, CS, director ejecutivo de la Scalabrini International Migration Network (SIMN). Con una amplia experiencia en la defensa de los migrantes y refugiados, el misionero scalabriniano ofrece un análisis profundo de la realidad de la trata de personas, de la actuación de la Iglesia Católica y del carisma asumido por San Juan Bautista Scalabrini como instrumento de prevención, denuncia y cuidado de las víctimas. ¡Buena lectura!
La trata de personas en general y de migrantes, en particular, son delitos distintos, aunque a menudo se confunden. En el tráfico de migrantes hay consentimiento: se trata del cruce ilegal de fronteras a cambio de remuneración. La trata de personas, sin embargo, implica coacción, engaño o fuerza, para explotar a la víctima, mediante explotación sexual, trabajo forzoso, extracción de órganos o participación en grupos armados. Los migrantes son más vulnerables por varios factores: desconocimiento del idioma y leyes del país de destino, situación migratoria irregular, ausencia de una red familiar, dependencia económica y dificultades para migrar legalmente. Además, son impulsados por situaciones de pobreza, desastres naturales y falta de oportunidades. Actualmente, la trata de personas es la tercera actividad ilegal más lucrativa del mundo, superada por el tráfico de drogas y de armas. Se estima que muevan alrededor de 236 mil millones de dólares al año con esta práctica.
Las Naciones Unidas proponen cuatro verbos fundamentales para combatir la trata de personas: prevenir, proteger, promover y perseguir. La última es responsabilidad del Estado, pero la prevención y protección son aspectos que la Iglesia y organizaciones como la Red SIMN desempeñan como papel fundamental. Como Scalabrinianos, trabajamos más de un siglo en la prevención, ofreciendo condiciones para que los migrantes elaboren sus proyectos migratorios de forma segura. Protegemos a las víctimas, acogiéndolas en nuestras estructuras y promoviendo su reinserción social y económica, con apoyo psicológico, formación profesional y orientación pastoral. Algunos sacerdotes scalabrinianos son amenazados por proteger a los migrantes, lo que muestra la seriedad y peligro de nuestro trabajo. Para preservar la seguridad, cito un ejemplo internacional: en Uganda, la Congregación mantiene proyectos de apoyo a jóvenes vulnerables, ofreciendo educación y alternativas a la reincidencia en conflictos armados.
La Iglesia católica siempre actuó denunciando y protegiendo a las víctimas. Silenciosamente, muchas congregaciones religiosas y parroquias acogen a personas en situación de vulnerabilidad. En 1891, el papa León XIII publicó la encíclica Rerum Novarum, que no se refiere directamente al tema, inaugura la Doctrina Social de la Iglesia centrada en la justicia social y dignidad del trabajador, principios que se aplican a la lucha contra la explotación. En 2022, el papa Francisco declaró: “La trata de personas es una herida en el cuerpo de la humanidad contemporánea”. El papa León XIV, antes de su elección, fue obispo de Chiclayo, en Perú, donde creó una comisión para ayudar a mujeres migrantes obligadas a prostituirse. Esta comisión, compuesta por religiosos, laicos y parroquias, sigue activa. Con apoyo de congregaciones como las Hermanas de la Adoración del Santísimo Sacramento, se creó un refugio que ya acogió a más de cinco mil mujeres.
A lo largo de la historia, la Iglesia siempre ha buscado formas de combatir la trata de personas,
reafirmando el valor sagrado de la vida humana
El carisma scalabriniano es profético. Nace del deseo de San Juan Bautista Scalabrini de acompañar a los migrantes en todas las etapas: origen, tránsito y destino. Después de un siglo, seguimos actualizando esta misión con creatividad pastoral. En las misiones, los sacerdotes desarrollan proyectos que capacitan a los migrantes, ofrecen apoyo económico y ayudan a crear oportunidades de trabajo dignas, incluso para los que desean permanecer en sus comunidades de origen. La formación, escucha y orientación espiritual son instrumentos poderosos para fortalecer la dignidad humana y curar heridas profundas. La espiritualidad ayuda al migrante a reconocer su valor y a encontrar refugio en la comunidad y en la fe.
La concientización es el primer paso. Es esencial informar, especialmente a los más vulnerables, sobre los riesgos de la trata. Las comunidades y parroquias pueden reconocer señales de alerta, como aislamiento, falta de documentos, violencia y miedo a jornadas laborales agotadoras. Es importante apoyar políticas públicas que sancionan con rigor a los traficantes. Actualmente, son pocos los que reciben castigos por estos delitos, perpetuando la impunidad. Que líderes comunitarios conozcan los protocolos de denuncia y sepan a quién acudir. Deben crear espacios seguros de escucha, donde las víctimas y los sobrevivientes compartan su dolor y reciban apoyo. Esto previene y cura. Finalmente, es esencial mantener una actitud acogedora: no juzgar, no excluir. Estas personas sufrieron y muchas siguen sufriendo. La lucha contra la trata exige el compromiso de todos: gobiernos, Iglesia, comunidades y ciudadanos. Y también exige oración.
Fotos: Adobe Stock e Archivo Regional – RNSMM