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Desde que tomó conciencia de su identidad, el cristianismo no ha hecho otra cosa que anunciar. Su identidad tiene que ver con asumir la responsabilidad de ser, en el mundo, signo del amor salvífico de Dios. El tiempo, el lenguaje y el contexto del anuncio varían, pero el mensaje es siempre el mismo: Dios nos ama y vino al mundo para salvarnos. De ahí la necesidad de creatividad y valentía a la hora de anunciar el Evangelio.
Hay un pasaje interesante en los Hechos de los Apóstoles que narra el anuncio del Evangelio realizado por el apóstol Pablo en el Areópago, en Grecia, en el mundo de la filosofía (Hch 17,16-34). El resultado fue frustrante, pero el esfuerzo del apóstol, su conocimiento previo de la cultura y el uso del lenguaje de sus oyentes ponen de manifiesto la valentía de anunciar, aunque el resultado no fuera lo esperado.
Otro personaje importante de la Iglesia, San Agustín, profundizó la imagen de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, afirmando que tiene una dimensión de mundanidad, de historicidad, ya que cada fiel, como parte integrante, miembro del cuerpo cuya cabeza es Cristo, vive en el mundo. Esta dimensión del mundo pone de manifiesto, al mismo tiempo, la precariedad de la historia humana, marcada por contradicciones. Sin embargo, lo más importante no es la ambigüedad de algunos de sus miembros, sino la santidad de la cabeza, que es Cristo, que invita a seguirlo con fidelidad.
En la era digital, anunciar a Cristo es unir herramientas modernas con la acción concreta de la fe
San Juan Bautista Scalabrini afirmaba que el movimiento migratorio podía ser un signo de la Providencia divina, una posibilidad de renovación de la historia humana. El mundo es un lugar de vida, por lo que la Iglesia no debe temerlo, sino estar presente y acompañarlo. Los misioneros y misioneras deben insertarse en la realidad del mundo para acompañar a las hijas e hijos de Dios, pues es lo que afirma Scalabrini: “donde está el pueblo que trabaja y sufre, allí está la Iglesia”.
Estas tres figuras se encuentran en la valentía y la creatividad del anuncio del Evangelio y en la confianza absoluta en Dios como Señor de la historia humana. Los tres dan testimonio de la importancia del mundo para la vida que se desarrolla en él.
Sin duda, hoy en día, el nuevo areópago es la era digital, que puede ser contexto y medio al mismo tiempo. Como contexto, lo digital es el lugar del anuncio y, como medio, es una herramienta al servicio del anuncio. El mundo, la Iglesia y el anuncio se encuentran en el desafío que plantea la proclamación de la Buena Nueva del Evangelio.
Como lenguaje, la era digital es comprendida por todos, pero especialmente por los más jóvenes, que han nacido en este entorno. La Iglesia no puede ignorar esta realidad, por lo que es importante destacar el esfuerzo por anunciar el Evangelio a través de los medios disponibles en la actualidad. El maravilloso mundo digital y virtual de Internet, que es un ambiente y una herramienta, visto con optimismo, ya no es una promesa, sino una realidad con sus desafíos contemporáneos, como la Inteligencia Artificial.
Lamentablemente, las promesas técnicas siempre han favorecido a una ínfima parte de la población. La computadora prometía más tiempo para el ocio, el tractor más alimentos para todos, las máquinas libertad, pero, en la práctica, no es lo que ocurre. Por lo tanto, el exceso de euforia no es el mejor camino, pero la negación tampoco lo es.
El carisma scalabriniano, actual, urgente y necesario, es sin duda una reserva de humanidad inspirada en Jesucristo y asumida por San Juan Bautista Scalabrini. La acogida, la protección y el empoderamiento de los migrantes pasan por el rescate de la humanidad. Quizás lo digital pueda ser una herramienta, aunque la acogida, la protección y el empoderamiento exigen necesariamente la concreción de nuestra acción. Es necesario acoger lo nuevo con cautela y trabajar para depurar las herramientas que podemos utilizar en favor de nuestros hermanos y hermanas migrantes.
Como posibilidad de comunicación y anuncio, la era digital es propicia, y nosotros, la Familia Scalabriniana, debemos saber ocupar estos espacios y trabajar para hacer la comunicación más humana y más cristiana, basada en los valores que nos caracterizan. Podemos ser fuentes confiables y anunciadores optimistas, utilizando los medios disponibles con realismo y narrativas positivas para promover, sobre todo, a los destinatarios de nuestra misión: nuestros hermanos y hermanas migrantes.
Fotos: Adobe Stock