No solo los italianos
Compartiendo la misión
No solo los italianos
Compartiendo la misión

Cuando el Mons. Juan Bautista Scalabrini fundó la Congregación de los Misioneros de San Carlos, en 1887, se enfrentaba a uno de los mayores dramas sociales de su época: la emigración italiana. Miles de hombres, mujeres y niños abandonaban sus pueblos rumbo a las Américas, impulsados por la pobreza, la falta de oportunidades y la esperanza de un futuro mejor. El obispo de Piacenza vio en esa multitud mucho más que un fenómeno económico. Vio personas vulnerables, expuestas al desarraigo cultural, a la explotación y al riesgo de perder su propia fe. Los primeros misioneros fueron enviados a Brasil y a Estados Unidos para garantizar la asistencia religiosa, preservar los lazos comunitarios y ofrecer apoyo humano a quienes enfrentaban los desafíos de la vida en tierras extranjeras. Durante décadas, la obra scalabriniana estuvo profundamente vinculada a la realidad migratoria italiana.

Sin embargo, la propia historia de las migraciones comenzaría a ampliar los horizontes del carisma. A lo largo del siglo XX, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, los movimientos de población se volvieron más diversos y complejos. Surgieron nuevas rutas migratorias, millones de personas comenzaron a desplazarse dentro de sus propios países, los refugiados cruzaron fronteras y el rápido crecimiento de las ciudades transformó profundamente la realidad social en diversas partes del mundo. En ese contexto, la Congregación comenzó a darse cuenta de que el drama observado por su fundador a finales del siglo XIX no era exclusivo de los italianos. El sufrimiento por la ruptura de los lazos familiares, la dificultad de integración y la búsqueda de dignidad eran experiencias compartidas por innumerables pueblos.

Scalabrini respondió al llamado de su época, organizando iniciativas de defensa y acompañamiento de los italianos obligados a abandonar su patria

La década de 1960 resultó decisiva para este proceso de discernimiento. Inspirados por el espíritu de aggiornamento (actualización, en traducción libre) del Concilio Vaticano II y por la invitación de la Iglesia a escuchar los “signos de los tiempos”, los Misioneros Scalabrinianos comenzaron a prestar mayor atención a las nuevas formas de movilidad humana. En Brasil, por ejemplo, el intenso flujo de migrantes del noreste hacia los grandes centros urbanos reveló una realidad que ya no se podía ignorar. La experiencia de los seminaristas junto a la favela de Vergueiro, en San Pablo, se volvió emblemática. Allí, la Congregación Scalabriniana encontró familias marcadas por el mismo desarraigo que había motivado la labor de Scalabrini entre los italianos décadas antes.

Poco a poco, maduró la convicción de que la fidelidad al Fundador no consistía en restringir la misión a los italianos, sino en reconocer, en las nuevas migraciones, la continuidad de la inspiración original. El proceso mismo fue descrito como una “apertura irreversible” del carisma, impulsada por la lectura de los signos de los tiempos y por la escucha de las nuevas realidades migratorias. Este camino alcanzó un hito histórico en 1966, cuando la Santa Sede aprobó oficialmente la ampliación del objetivo de la Congregación de los Misioneros de San Carlos. A partir de ese momento, los Misioneros Scalabrinianos comenzaron a dedicarse no solo a los migrantes italianos, sino a todos aquellos que vivían la experiencia de la movilidad humana.

“En tal variedad de situaciones, permanecemos fieles a nuestro fin específico y redescubrimos continuamente nuestro carisma, poniéndonos al servicio de quienes presentan condiciones, necesidades y aspiraciones análogas a aquellas que impulsaron al Fundador a instituir la Congregación. Por eso, fieles a sus orientaciones y en sintonía con las realidades contemporáneas, nos dedicamos a todos aquellos que se encuentran fuera de su patria o de su entorno social y cultural de origen y que, “por verdaderas necesidades”, requieren una acción misionera específica”

Apertura del Concilio Vaticano II por el Papa Juan XXIII, el 11 de octubre de 1962

La formulación constitucional representó un cambio de paradigma. El migrante dejaba de ser identificado por su nacionalidad para ser reconocido por su condición humana de movilidad. La Congregación comprendía que la fidelidad al carisma adoptado por Scalabrini no significaba permanecer vinculada a un grupo étnico específico, sino responder a las nuevas formas de migración presentes en el mundo contemporáneo. No se trataba solo de llevar a cabo una pastoral para migrantes, sino de construir una verdadera pastoral en migración, capaz de interpretar la realidad humana a partir de la experiencia del desplazamiento.

Esta nueva comprensión se plasmó rápidamente en iniciativas pastorales concretas en países de América Latina. En Brasil, la apertura del carisma impulsó la creación y el fortalecimiento de obras que se convertirían en referentes de la pastoral migratoria. En San Pablo, la Misión Paz, con su amplia labor a través del Centro de Pastoral y Mediaciones de los Migrantes (CPMM) y la Casa del Migrante, comenzó a coordinar la acogida, la orientación jurídica, la asistencia social, la inserción laboral, la formación y el acompañamiento pastoral. En el sur del país, el Centro Italo-Brasileño de Asistencia e Instrucción para las Migraciones (CIBAI Migraciones), en Porto Alegre, se convirtió en una importante expresión de la apertura del carisma. Inicialmente enfocado en los migrantes italianos, el CIBAI amplió su labor para atender a migrantes de diversas nacionalidades.

Exterior de la antigua Casa de Acogida para Inmigrantes de Brás, en San Pablo, donde hoy funciona el Museo de la Inmigración

En Chile, la Congregación fortaleció su actuación en sintonía con las transformaciones migratorias que marcaron al país a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. En las décadas de 1960 y 1970, el crecimiento urbano y los desplazamientos internos del campo hacia las grandes ciudades ya exigían nuevas respuestas pastorales. Después, especialmente a partir de los años 1980 y 1990, Chile comenzó a recibir contingentes cada vez más numerosos de migrantes procedentes de los países vecinos, sobre todo de Perú y Bolivia. En este contexto, se destacó la labor del Instituto Chileno Católico de Migración (INCAMI), en Santiago, que se convirtió en una de las principales expresiones de la pastoral migratoria de la Iglesia chilena.

Si bien en sus inicios la misión se centraba sobre todo en los inmigrantes italianos que llegaban a Argentina en grandes contingentes, las décadas siguientes exigieron respuestas pastorales más amplias ante la creciente movilidad de los latinoamericanos. Surgieron nuevas presencias misioneras en regiones marcadas por intensos movimientos poblacionales. La misión scalabriniana en Jujuy, al norte de Argentina, comenzó a tomar forma en 1975 con las incursiones del misionero Scalabriniano P. Tarcísio Rubin (Siervo de Dios). Con espíritu pionero, el P. Tarcísio identificó la realidad de los migrantes bolivianos y andinos que cruzaban la frontera en busca de trabajo y mejores condiciones de vida. Con la colaboración de los Misioneros Scalabrinianos, el instituto comenzó a desarrollar programas de acogida, orientación, integración social y acompañamiento pastoral para migrantes y refugiados, convirtiéndose en un referente nacional en el servicio a las poblaciones en movimiento.

Escena del documental brasileño “Viramundo”, realizado en 1965 por Geraldo Sarno, que retrata la migración del noreste hacia San Pablo

A lo largo de este proceso, la Congregación de los Misioneros de San Carlos —Scalabrinianos— amplió su comprensión de la propia acción pastoral. La misión pasó a integrar la evangelización, la promoción humana, la defensa de los derechos, la investigación, la formación y la incidencia pública. Las casas de acogida y los centros de atención para migrantes, las obras sociales de atención a niños y adolescentes, las escuelas y las pastorales del migrante en organismos eclesiales diocesanos y nacionales se convirtieron en expresiones concretas de la presencia scalabriniana junto a las poblaciones en movimiento.

Esta evolución llevó a los Scalabrinianos a adoptar una perspectiva cada vez más marcada por la interculturalidad. En lugar de promover la simple asimilación de los migrantes a la cultura local o la creación de comunidades aisladas, los Misioneros Scalabrinianos comenzaron a favorecer los espacios de encuentro entre pueblos, culturas y tradiciones. La diversidad cultural dejó de verse como un obstáculo y pasó a ser reconocida como una riqueza para la Iglesia y para la sociedad.

Esta visión está en profunda sintonía con el propio pensamiento de San Juan Bautista Scalabrini. Aunque su labor se centró inicialmente en los emigrantes italianos, el Fundador nunca limitó su mirada a la dimensión étnica de la migración. Su compromiso era, ante todo, con la dignidad de la persona humana en movimiento. Por eso, la apertura pastoral de la Congregación puede entenderse no como una ruptura con sus orígenes, sino como el desarrollo natural de una intuición carismática que siempre ha tenido una vocación universal.

Dibujo de la iglesia Nuestra Señora de la Paz, ubicada en la calle Glicério, en el centro de San Pablo, Brasil

Ao longo desse processo, a Congregação dos Missionários de São Carlos – Scalabrinianos ampliou sua compreensão da própria ação pastoral. A missão passou a integrar evangelização, promoção humana, defesa de direitos, pesquisa, formação e incidência pública. Casas de Acolhida e Centros de Atenção para Migrantes, Obras Sociais de Atenção a Crianças e Adolescentes, escolas, Pastorais do Migrante em Organismos Eclesiais Diocesanos e Nacionais tornaram-se expressões concretas da presença scalabriniana junto às populações em movimento.

Essa evolução conduziu os Scalabrinianos a uma perspectiva marcada cada vez mais pela interculturalidade. Em vez de promover a simples assimilação dos migrantes à cultura local ou a criação de comunidades isoladas, os Missionários Scalabrinianos passaram a favorecer espaços de encontro entre povos, culturas e tradições. A diversidade cultural deixou de ser vista como obstáculo e passou a ser reconhecida como riqueza para a Igreja e para a sociedade.

Essa visão encontra profunda sintonia com o próprio pensamento de São João Batista Scalabrini. Embora sua atuação estivesse inicialmente voltada aos emigrantes italianos, o Fundador nunca restringiu seu olhar à dimensão étnica da migração. Seu compromisso era, antes de tudo, com a dignidade da pessoa humana em movimento. Por isso, a abertura pastoral da Congregação pode ser compreendida não como uma ruptura com suas origens, mas como o desenvolvimento natural de uma intuição carismática que sempre carregou uma vocação universal.

El Padre Tarcisio junto a los migrantes de la comunidad de San Pedro de Jujuy, Argentina

A lo largo de casi 140 años de historia, los Misioneros de San Carlos – Scalabrinianos han comprendido que el carisma no está dirigido a una nacionalidad, sino a una realidad humana. La experiencia migratoria ha cambiado de rostro, de idioma y de geografía, pero sigue cargando con los mismos anhelos de dignidad, pertenencia y esperanza. Es en este encuentro con los nuevos rostros de la movilidad humana donde los scalabrinianos siguen compartiendo su misión y dando testimonio de una Iglesia en salida, que acoge, protege, promueve e integra a los migrantes.

Foto de Vitor Azevedo

Vitor Azevedo

Periodista del Departamento Regional de Comunicación de la Región Nuestra Señora Madre de los Migrantes.

Fotos: Adobe Stock, Archivo Regional de la RNSMM, Vatican Media, Museo de la Inmigración del Estado de São Paulo y Portal O Benedito.

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