Migrante entre los migrantes
Testimonio
Migrante entre los migrantes
Testimonio

El ideal Scalabriniano de “ser migrantes entre los migrantes” encuentra en la vida del P. Antonio Seganfreddo una feliz realización. Como tantos otros misioneros, supo acompañar a los migrantes ofreciéndoles “la sonrisa de la patria y el consuelo de la fe”, como deseaba el Fundador, Mons. Juan Bautista Scalabrini.

Antonio Seganfreddo nació en Mason, en la provincia de Vicenza, el 16 de junio de 1851. Vivió desde joven la experiencia de la migración, al venir a Brasil junto con varios familiares y amigos. Afrontó las dificultades propias de quienes deben comenzar una nueva vida desde cero. Vivió en la Colonia Alfredo Chaves, donde fue un líder comunitario y trabajó como cocinero de los obreros que construían la carretera entre Bento Gonçalves y Veranópolis.

El sufrimiento de sus compatriotas despertó en él el deseo de servir de una manera aún más radical. Sentía que su camino era la vocación religiosa, pero en aquel ambiente hostil la vocación difícilmente encontraría condiciones favorables para florecer. La alternativa sería regresar a Italia en busca de un seminario para iniciar su formación. Organizó una campaña para recaudar recursos para el viaje y toda la comunidad se movilizó para apoyarlo, pues ya era reconocido como “el capellán”, por su espíritu de dedicación y servicio. Su decisión de convertirse en sacerdote fue asumida con gran seriedad; a juzgar por su edad madura, se trataba, por tanto, de una vocación adulta.

En Italia, ingresó en el Instituto Mander, en Onè di Fonte, en la provincia de Treviso, dedicado a la formación de adultos con vocación religiosa que no contaban con recursos económicos para sostener sus estudios. Allí también estudiaban Faustino Consoni, Natal Pigato, Pietro Dotto y Marco Simoni, todos ellos futuros e ilustres Misioneros Scalabrinianos en Brasil. Sin embargo, el Instituto fue cerrado debido a dificultades financieras. Así, los jóvenes adultos fueron acogidos en la Congregación de los Misioneros de San Carlos por el propio fundador, Mons. Juan Bautista Scalabrini, en 1892.

En septiembre de 1896 se presentó ante el obispo de Porto Alegre, convirtiéndose así en el segundo misionero Scalabriniano en ese territorio. Fue enviado de inmediato a Alfredo Chaves, su amada comunidad; más tarde, el obispo le confió la extensa misión de Capoeiras, que hoy corresponde a Nova Prata, Potasio Alves y Campos de Lagoa Vermelha. Se trataba de un área pastoral desafiante, tanto por su gran extensión como por las precarias condiciones de los caminos y la diversidad de la población, formada por italianos, brasileños nativos y polacos.

Después de algunos años de convivencia y formación con el Fundador, Antonio Seganfreddo fue ordenado sacerdote por la imposición de manos de Mons. Juan Bautista Scalabrini, el 31 de marzo de 1895. El Padre Antonio tenía entonces 43 años. En julio de ese mismo año, regresó a Brasil.

El padre Antônio se dedicó con diligencia y amor, a pesar de los sacrificios y las dificultades. En 1898, inició la construcción de la Iglesia Parroquial, que fue inaugurada por Mons. Scalabrini los días 29 y 30 de septiembre de 1904, con motivo de su visita a Brasil.

Protasio Alves, en Río Grande del Sur. Uno de los lugares donde el P. Antonio Seganfreddo vivió su vocación misionera

En una carta, él escribe sobre la iniciativa de la construcción de la iglesia: “hice los preparativos para construir una nueva iglesia y, para animar a la población, mandé hacer a mis expensas 10.000 ladrillos, aunque aún no los he terminado de pagar”. Por sus palabras, se percibe la implicación y el compromiso con la comunidad migrante. A continuación, completa: “también hice un gran ahorro en todo, alimentándome de polenta y bebiendo el vino de los Apóstoles, es decir, agua. Ahora, sin embargo, me encuentro sin ropa, faltándome incluso lo necesario para vivir; pero, si en un año o poco más pude hacer tanto, para el futuro, si Dios me conserva la salud, espero también poner en orden el resto…”.

He aquí el corazón del misionero que enfrenta la labor con optimismo, buen humor y mucha fe. El padre Antonio, conocedor de la realidad de los migrantes, no hizo otra cosa sino trabajar para animar y ayudar a crecer a la comunidad. Visitaba a las familias a caballo o a pie, y no se cansaba de atender a las personas, permaneciendo todo el día, si era necesario, en el confesionario. A pesar de los muchos servicios, era un misionero alegre, que se acercaba a las personas con sencillez. 

Siendo uno de los pioneros Scalabrinianos en el sur del país, trabajó casi siempre solo, sin la ayuda de un cohermano. Aun así, cuidaba con ardor misionero de las comunidades, todas en condiciones precarias, compuestas por colonias muy pobres. 

En 1904, cuando Mons. Scalabrini visitó Río Grande del Sur, el P. Antonio Segranfreddo lo acogió en su misión en Nova Prata. En aquella ocasión, el Fundador escribió sobre la extensión de la misión confiada al sacerdote: 

“Esta misión es extensa como una de nuestras diócesis, con 20 capillas; se prevé para pronto un crecimiento muy grande de la población. Ahora tiene aproximadamente 10 mil habitantes. El Padre Seganfreddo necesita urgentemente un compañero. Imagínese que para ir de un extremo al otro de la misión se necesitan cuatro días a caballo; y muchas veces al llegar de un lado es llamado al otro, siempre distante”.

Este escenario pastoral mostrado por el Santo Fundador llevó al P. Seganfreddo, después de 14 años de actividad extenuante, a un desgaste físico, y su salud se vio perjudicada hasta el punto de necesitar regresar a Italia en 1911. Sin embargo, no resistió el llamado misionero y volvió a Brasil al año siguiente, en 1912. Era capaz de sacrificarse al máximo por los migrantes y encontraba alegría en ofrecer la propia vida por todos. Pocos meses después, falleció en Porto Alegre, el 23 de diciembre de 1912. Tenía 61 años.

El P. Antonio Segranfreddo fue un migrante misionero, un vocacionado adulto, que vivió plenamente la realidad de la migración, convirtiéndose él mismo en un vocacionado migrante entre los migrantes. Su vida y su vocación fueron enteramente consagradas al servicio de los hermanos. Expresó el amor a Cristo y a los hermanos en la concreción de la vida. Un hombre de Dios ejemplar, un misionero del amor.

Foto de Oscar Rúben Lopez Maldonado

Oscar Rúben Lopez Maldonado

Teólogo y traductor del Archivo Regional de la Región Nuestra Señora Madre de los Migrantes.

Fotos: Archivo Regional de la RNSMM

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