Vi a Dios en sus rostros
Vocación
Vi a Dios en sus rostros
Vocación

Ya era bien entrada la noche. El calor del desierto había dado paso al frío que, al caer la noche, llega de manera tan sigilosa que toma por sorpresa a quienes no están acostumbrados. El día había sido intenso. La fila para recibir acogida en nuestra casa llegaba hasta la esquina, molestando a los vecinos y a quienes pasaban por allí. De la mejor manera posible, habíamos acomodado a todos los que pudimos. No tenía idea de lo valioso que era un plato de comida caliente, una manta y un poco de atención después de un largo viaje por el desierto.

Ya estábamos a punto de dar por terminadas nuestras actividades del día cuando escuchamos unos golpes desesperados en nuestra puerta.

Nuestro primer impulso fue no ir a ver quién era. Ya habíamos ofrecido, por nuestra parte, todo lo que estaba a nuestro alcance ese día. Pero la insistencia de los golpes no nos dejó otra opción. Teníamos que ver quién era y qué estaba pasando.

Por la pequeña rendija de la puerta, vimos a una mujer joven con sus dos hijos y más de media docena de bolsas y mochilas. El hijo menor dormía profundamente en sus brazos, mientras que el otro intentaba ayudar a su madre a cargar el equipaje. Angustiada, pidió refugio, aunque solo fuera un espacio en los pasillos de la casa, para no tener que pasar la noche en la calle con sus dos hijos. Todo allí le resultaba desconocido. El frío, el hambre y el miedo se desbordaban de sus ojos en forma de lágrimas.

No sabíamos dónde los íbamos a alojar, pero, en las breves y rápidas miradas que intercambiamos entre nosotros, una cosa ya estaba clara: no se quedarían en la calle.

Ante nuestra respuesta positiva, la mamá enseguida metió sus cosas adentro y, ya sentada en nuestra sala de atención, buscaba sus documentos para que pudiéramos hacer el registro. El hijo más pequeño seguía durmiendo en sus brazos, lo que le dificultaba organizarse. En medio de tantas bolsas, papeles y cansancio, le pedí a la mamá que me dejara ayudarla sosteniendo a ese pequeño dormido.

Avergonzada, lo puso en mis brazos, disculpándose, pues hacía ya unos días que no había podido bañarlo. En mis brazos, el pequeño siguió durmiendo.

En ese momento, tuve la certeza de tener en mis brazos al mismo Jesús quien, entre sus tantos viajes y predicaciones, en cierta ocasión había dicho: “Todo lo que hicieron al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hicieron” (Mt 25,40).

La mamá, en pocos minutos, se organizó, firmó su formulario y fuimos a acomodarlos.

Siempre he oído decir que el desierto es el lugar propicio para el encuentro con Dios. Durante varios años, en encuentros, retiros y formaciones, una de las cosas que más se repetía era que era necesario dejarse llevar al desierto para escuchar la voz de Dios. Así fue para muchos profetas, místicos y santos que, en la experiencia del desierto, fueron capaces de encontrar el sentido más profundo de su existencia.

Aquel día, en la estación de Milán, a pesar de estar agobiado por el ir y venir de miles de personas que emigraban, creo que San Juan Bautista Scalabrini se sintió interpelado por ese Dios del desierto, el Dios que clama en el llanto y en el silencio de los desterrados. Los sueños y proyectos misioneros, antes adormecidos y guardados en su corazón, despertaron con la fuerza de la zarza ardiente en el desierto.

Desde la zarza ardiente, Dios le habló a Moisés, quien vio y escuchó la aflicción del pueblo y, por eso, tomó la decisión de liberarlo de aquella situación. Los rostros, los desiertos y la zarza nos hablan de un Dios que tiene hambre y sed de ser escuchado, acogido y amado.

Muchas veces nos dejamos llevar por el inmediatismo de las respuestas, por los ruidos que nos rodean y por tantas otras cosas que nublan nuestra visión. El encuentro con los pequeños y con los migrantes nos ayuda a reavivar la llama de nuestra vocación, que muchas veces está a punto de apagarse.

En una época en la que la experiencia religiosa se ha convertido en “grandes espectáculos de fe”, Dios sigue desafiándonos a lanzarnos al desierto, a las fronteras geográficas y existenciales, para que podamos contemplarlo tal como es.

No fue por casualidad que, en la encarnación de Jesús, Dios se revistió de nuestra humanidad. Jesús, una vez encarnado, se convierte en presencia viva en los pequeños y en los débiles, y nos pide a cada uno de nosotros una respuesta de amor.

“Vengan, benditos de mi Padre, y tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber. Fui forastero y ustedes me recibieron en su casa” (Mt 25,34-35).

Foto de P. Marcelo Vitor Viana Braz, CS

P. Marcelo Vitor Viana Braz, CS

Animador vocacional en la región sur de Brasil y Asesor de la Juventud Scalabriniana en Río Grande del Sur (Juves/RS)

Fotos: Adobe Stock.

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