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Todos los días, miles de personas abandonan sus hogares en busca de seguridad, trabajo, estudios o, simplemente, la posibilidad de empezar de nuevo. Detrás de las cifras que aparecen en los informes y noticieros hay rostros, historias, familias y sueños. En una época marcada por intensos movimientos de personas, la forma en que comunicamos la realidad de las migraciones puede acercar a las personas o agrandar las distancias. Es precisamente en este contexto que la Carta Encíclica Magnifica Humanitas, del Papa León XIV, invita a la sociedad a considerar la movilidad humana desde la dignidad de la persona y la cultura del encuentro.
La comunicación ocupa un lugar decisivo en este desafío. Más allá de informar, moldea percepciones, influye en comportamientos y ayuda a construir la forma en que vemos al otro. Cuando los migrantes se reducen a estadísticas, problemas o amenazas, se pierde la dimensión humana de sus trayectorias. Por otro lado, cuando sus historias se cuentan con veracidad y sensibilidad, se abre un espacio para la empatía, la solidaridad y el reconocimiento de una humanidad compartida.
La comunicación responsable sobre las migraciones ayuda a dar visibilidad a las trayectorias humanas que conforman los movimientos poblacionales actuales, favoreciendo el diálogo y el entendimiento entre diferentes culturas
Esta perspectiva encuentra eco en el pensamiento de Paulo Freire, para quien la comunicación es esencialmente un acto de diálogo. El educador afirmaba que “la educación es comunicación, es diálogo, en la medida en que no es la transferencia de conocimiento, sino un encuentro entre sujetos interlocutores que buscan el sentido de los significados”. Aunque su reflexión se centra en la educación, ofrece una clave importante para comprender la realidad migratoria. La acogida comienza cuando dejamos de hablar solo de los migrantes y pasamos a hablar con ellos, escuchando sus experiencias, expectativas y dificultades.
En una sociedad profundamente conectada por las tecnologías digitales, la comunicación tiene un alcance sin precedentes. Una noticia, un video o una publicación en las redes sociales pueden atravesar continentes en segundos. Esa velocidad amplía las posibilidades de encuentro, pero también aumenta la responsabilidad de quien se comunica. Las narrativas basadas en el miedo, la desinformación o los prejuicios pueden alimentar la hostilidad. Del mismo modo, los relatos que valoran la dignidad humana y presentan la complejidad de las experiencias migratorias contribuyen a una convivencia más justa y solidaria.
La comunicación digital desempeña un papel estratégico en la construcción de narrativas sobre la movilidad humana, pudiendo favorecer tanto la integración como la difusión de prejuicios
Freire también recordaba que la comunicación ocurre tanto en el plano del conocimiento como en el de las emociones. Según él, la comunicación a nivel emocional “acciona por contagio”. Esto significa que las palabras, las imágenes y los discursos tienen el poder de despertar sentimientos colectivos de acogida o rechazo. No es difícil darse cuenta de esto cuando observamos los debates públicos sobre la migración. Dependiendo de cómo se presenten los hechos, los migrantes pueden ser vistos como hermanos y hermanas que necesitan apoyo o como extraños de quienes hay que desconfiar.
En este contexto, la comunicación pastoral tiene una misión particular. Inspirada en el Evangelio, está llamada a construir puentes en lugar de muros. Esto significa dar visibilidad a las historias de quienes a menudo quedan marginados, promover espacios de escucha e incentivar el diálogo entre diferentes culturas. La Iglesia, presente en innumerables frentes de acogida a migrantes y refugiados, tiene la oportunidad de dar testimonio de que la fraternidad no es solo un ideal, sino una práctica cotidiana.
La educación también desempeña un papel fundamental en este proceso. El encuentro entre diferentes culturas desafía a las escuelas, las universidades, las comunidades y los medios de comunicación a promover una formación orientada al respeto, la convivencia y el pensamiento crítico. Como recordaba Paulo Freire, la verdadera comunicación no consiste en la simple transmisión de contenidos, sino en la “coparticipación en el acto de comprender la significación del significado”. En otras palabras, aprender exige diálogo, escucha y disposición para comprender la realidad desde diferentes perspectivas.
Las migraciones son uno de los grandes rasgos del siglo XXI. Ignorarlas o tratarlas únicamente como un problema significa perder la oportunidad de comprender una realidad que transforma sociedades, culturas y formas de vida. Por eso, comunicarse con responsabilidad se ha convertido en una exigencia ética. En tiempos de discursos polarizados y de información que circula a gran velocidad, comunicar es también un acto de cuidado.
El mensaje de Magnifica Humanitas apunta precisamente en esa dirección: reconocer la dignidad de cada persona y fortalecer los lazos de fraternidad. La comunicación, cuando se ejerce con verdad, sensibilidad y compromiso humano, se convierte en una herramienta capaz de acercar a las personas, superar los prejuicios y crear caminos de integración. Al fin y al cabo, antes de ser migrantes, refugiados o extranjeros, estamos hablando de seres humanos que llevan consigo historias que merecen ser conocidas, respetadas y acogidas.
La comunicación y la educación desempeñan un papel estratégico en la formación de una sociedad más abierta al diálogo intercultural y a la convivencia entre diferentes pueblos
Coordinador de Comunicación Institucional del Instituto São Paulo de Estudios Superiores (ITESP).
Fotos: Adobe Stock y Agencia Brasil.