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La actualidad de San Juan Bautista Scalabrini no se explica únicamente por su defensa de los migrantes, sino también por la lucidez con la que supo interpretar, ya en el siglo XIX, las transformaciones provocadas por los grandes desplazamientos humanos. Obispo atento a los signos de su tiempo, fue más allá de la asistencia inmediata y desarrolló una profunda reflexión sobre la condición humana, anticipando cuestiones que hoy se encuentran en el centro de los debates sociales, políticos y pastorales en todo el mundo.
Nacido en 1839, Mons. Scalabrini vivió una época de grandes transformaciones. Italia atravesaba el proceso de unificación nacional conocido como Risorgimento, mientras que la industrialización modificaba profundamente la vida de las poblaciones europeas. En ese contexto, millones de italianos abandonaban su tierra natal en busca de trabajo y mejores condiciones de vida en otros países.
Fue acompañando este fenómeno que Scalabrini comenzó a desarrollar una comprensión innovadora de la relación entre patria, fe y movilidad humana. Para él, la patria tenía un valor importante. Era el lugar de las raíces, la cultura, la lengua y las memorias compartidas. Sin embargo, la experiencia de los migrantes demostraba que la dignidad humana no podía quedar limitada por fronteras geográficas ni por intereses nacionales.
Con mirada profética, Scalabrini vislumbró una humanidad reconciliada, capaz de transformar el mundo en una sola patria, donde ninguna frontera fuera más grande que la dignidad humana
Al escuchar las historias de quienes partían, muchas veces obligados por la pobreza y la falta de oportunidades, Scalabrini comprendió que la migración no era solamente un fenómeno económico o político. Se trataba de una experiencia profundamente humana, marcada por la búsqueda de dignidad, pertenencia y esperanza.
Esta percepción llevó al fundador de los Misioneros de San Carlos a ampliar su comprensión de la patria. El ser humano, afirmaba, no puede reducirse a su nacionalidad. Creado por Dios y llamado a la comunión universal, encuentra en el mundo entero un espacio para realizar su vocación humana y cristiana. De esta intuición nace lo que hoy muchos estudiosos denominan la idea de la “patria-mundo”.
Aunque la expresión no aparece formalmente en sus escritos, sintetiza una de las dimensiones más profundas de su pensamiento. La patria-mundo no significa la negación de las culturas, las tradiciones o las identidades nacionales. Por el contrario, reconoce el valor de estas realidades, pero recuerda que existe un vínculo aún más profundo que une a todos los pueblos: la fraternidad humana.
Para San Juan Bautista Scalabrini, el migrante revela una verdad que concierne a toda la humanidad. Al cruzar fronteras, lleva consigo su historia, su cultura, su fe y sus afectos. Su experiencia demuestra que la identidad humana es más grande que cualquier delimitación territorial.
Esta visión también transformó su acción pastoral. En lugar de considerar a los migrantes como un problema social que debía administrarse, Scalabrini veía en ellos rostros concretos que exigían acogida, protección y acompañamiento. Por ello fundó una obra misionera dedicada especialmente a los migrantes, dando origen a un carisma que hoy sigue vivo en más de treinta países.
Grupo de inmigrantes italianos a bordo de un barco durante su viaje hacia Brasil a comienzos del siglo XX
La Iglesia ocupaba un lugar central en esta perspectiva. Para Scalabrini, estaba llamada a ser un puente entre pueblos y culturas, ofreciendo a los migrantes no solo asistencia religiosa, sino también un espacio de acogida y reconstrucción de la esperanza.
Su comprensión de la fraternidad nace directamente del Evangelio. Al afirmar que “el hombre es hermano del hombre”, Scalabrini recuerda que la dignidad humana precede cualquier diferencia de nacionalidad, lengua o condición social. La verdadera fraternidad no surge de intereses comunes, sino de la conciencia de que todos somos hijos de Dios. Más de un siglo después, este mensaje sigue interpelando al mundo contemporáneo.
Fieles a la visión de San Juan Bautista Scalabrini, los Misioneros y las Misioneras de San Carlos transforman las fronteras en puentes de encuentro
Según organismos internacionales, millones de personas viven actualmente en situación de migración forzada, desplazadas por guerras, persecuciones, crisis económicas y cambios climáticos. Al mismo tiempo, crece en diversas regiones la tentación de responder a estos desafíos mediante el cierre de fronteras y la exclusión de los más vulnerables.
Ante esta realidad, la visión de Scalabrini ofrece una importante inspiración. Su idea de patria-mundo no propone un mundo sin identidades ni sin naciones. Propone, más bien, una humanidad capaz de reconocer que ninguna frontera es más grande que la dignidad de la persona humana.
Más que una reflexión social, se trata de una propuesta profundamente cristiana. La experiencia migratoria nos recuerda que todos somos peregrinos. Todos estamos en camino. Todos buscamos un lugar donde podamos vivir con dignidad, construir relaciones y encontrar sentido para nuestra existencia.
Quizás esta sea la dimensión más actual del legado de San Juan Bautista Scalabrini. En un mundo marcado por divisiones y desplazamientos, él continúa recordándonos que la verdadera patria no se encuentra solamente donde nacimos, sino allí donde pueden florecer la fraternidad, la justicia y la esperanza.
La patria-mundo soñada por Scalabrini permanece, así, no solo como una idea, sino como una invitación permanente a construir una humanidad más solidaria, reconciliada y abierta al encuentro entre los pueblos.
Este artículo es una adaptación del texto “La Patria-Mundo en la Espiritualidad de San Juan Bautista Scalabrini”, de autoría de la Hna. María del Carmen de los Santos Gonçalves, MSCS, publicado en las Actas del Congreso de Espiritualidad Scalabriniana 2025.
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Responsable de la formación scalabriniana en la Asociación San Carlos.
Fotos: Archivo Regional de la RNSMM y Portal Nostrali Cidadania Italiana