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Vivimos conectados. Antes de levantarnos de la cama, revisamos nuestras notificaciones y echamos un vistazo a las redes para actualizarnos sobre las “novedades”. Al salir de casa, volvemos mirar el celular, si alguien escribió, ocurrió algo nuevo o si nuestra foto tiene otro like.
En las redes sociales compartimos fotos, comentamos noticias y mantenemos contacto con personas que pueden estar al otro lado del mundo. Se han convertido en parte de nuestra vida, allí intercambiamos ideas, opiniones y sentimientos. Sin embargo, ese espacio que nos conecta también puede volverse escenario de discriminación, prejuicios y discursos de odio. Basta un comentario o una noticia falsa para que, en segundos, se alimente el rechazo a lo “diferente”.
En este contexto, la xenofobia encuentra en las redes un terreno fértil para difundirse. Surge entonces una pregunta: ¿puede las redes sociales convertirse también en un espacio para combatirla?
Los jóvenes deben ser protagonistas en la construcción de una cultura del encuentro. En el universo digital, cada gesto de acogida y fraternidad se convierte en un testimonio capaz de superar barreras y prejuicios
La xenofobia no es algo nuevo. A lo largo de la historia, muchas personas han sido víctimas de violencia y discriminación por su nacionalidad, color de piel, idioma o cultura. Sin embargo, la era digital ha cambiado su difusión. Hoy, un mensaje ofensivo o una información falsa puede llegar a miles en minutos, ampliando el prejuicio y generando divisiones.
Internet puede parecer, a veces, una “tierra sin leyes”, donde cualquier contenido circula sin verificación. Pero cuando estos mensajes son compartidos masivamente, adquieren apariencia de verdad. Esto es especialmente grave cuando promueven discriminación, ya que influyen en la percepción colectiva y daños a y comunidades.
En este sentido, al Papa Francisco advirtió sobre los peligros del mundo digital, hablando de “terrorismo de los chismes”. En 2024, durante una audiencia general, el Papa mencionó el fenómeno conocido por muchos como “terrorismo digital”, refiriéndose a los insultos, difamación, discursos de odio y ataques coordinados que buscan apenas destruir la reputación de las personas y crear división en las comunidades. Estas prácticas afectan principalmente a los más vulnerables, como migrantes y refugiados, frecuentemente víctimas de mensajes xenófobos.
Sin embargo, no sería justo considerar a las redes solo como “villanas”. Son una herramienta que puede usarse para construir o destruir. En el mismo espacio donde circula el odio, también pueden difundirse el respeto y la fraternidad. Donde hay prejuicio, pueden compartirse historias que lo derriben. En tiempos digitales, la acogida también puede darse en línea.
Uno de los mayores aportes de las redes es la posibilidad de visibilizar experiencias reales. Muchas veces, las personas migrantes son reducidas a cifras. Pero detrás de cada número hay una historia. Cuando los migrantes comparten sus vivencias, desafíos y sueños, ayudan a humanizar una realidad que suele presentarse de forma distorsionada o lejana.
Además, las redes favorecen el encuentro de culturas. Nos permiten conocer idiomas, tradiciones y formas de vida distintas. Este acercamiento reduce el miedo a lo desconocido, una de las raíces de la xenofobia. El conocimiento genera comprensión, y la comprensión abre camino al respeto.
Toda cultura del encuentro comienza con un gesto sencillo. Cuando la acogida se convierte en una actitud, se derriban muros y se construyen puentes de fraternidad, tanto dentro como fuera de las redes sociales
El Papa Francisco insistía en que las redes sociales deben ser espacios de encuentro y no de división. En su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2019, invitaba a construir comunidades basadas en la escucha, el diálogo y la solidaridad, capaces de tender puentes entre culturas.
En esta línea, las campañas digitales son herramientas valiosas. Organizaciones, instituciones y grupos juveniles promueven mensajes de inclusión mediante testimonios, imágenes y contenidos educativos. Cada publicación que fomenta el respeto renueva la esperanza de cambio. Las redes pueden ser trincheras de intolerancia o puentes de encuentro, depende de cómo las usemos.
Desde el carisma scalabriniano, esta tarea implica un significado más profundo. San Juan Bautista Scalabrini veía la migración no solo como un fenómeno social, sino más bien, como oportunidad de vivenciar la presencia de Dios en el encuentro con el otro. Su mirada nos invita a construir inclusión donde otros levantan barreras.
Combatir la xenofobia digital implica responsabilidad personal y colectiva: verificar información, evitar difundir prejuicios, denunciar contenidos discriminatorios y promover el respeto. También exige valentía para alzar la voz frente a la injusticia, porque el silencio la normaliza.
La encíclica Magnifica Humanitas, del Papa León XIV, recuerda que la dignidad humana se manifiesta en la capacidad de encuentro con el otro, especialmente con quien es diferente. Frente al rechazo, afirma que toda persona posee una dignidad que supera fronteras e identidades.
En este contexto, los jóvenes tienen un papel fundamental. Han crecido en el mundo digital y comprenden su lenguaje. Su creatividad y sensibilidad social los convierten en protagonistas de una cultura digital más humana. Cada publicación puede sembrar respeto y derribar prejuicios.
Aunque las redes no eliminarán por sí solas la xenofobia, pueden ser herramientas poderosas para promover una cultura de encuentro. En una realidad donde millones migran en busca de una vida mejor, construir espacios digitales más inclusivos es urgente.
Cada gesto de acogida recuerda una verdad fundamental: más allá de nuestras diferencias, formamos una sola familia humana. Como dice Juan 17,21: “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que ellos también sean uno en nosotros”.
Asesora de la Juventud Scalabriniana de Paraguay (Juves-PY)
Fotos: Archivo Regional de la RNSMM.