Un puente a la tierra que da el pan
Entrevista

Hay historias que empiezan en el silencio de una habitación sencilla, calentada por la oración de una familia, y que cruzan fronteras sin perder nunca el horizonte del hogar.

El Diácono Ortiz Carboni, CS lleva en su biografía la marca de la travesía. Hijo del interior de Río Grande del Sur, formado en la escuela de la fe doméstica y madurado en los caminos de la vida religiosa, su historia es entretejida por los encuentros. Entre el frío de las noches gauchas y el viento andino de La Paz, entre el altar y la casa de acogida, su vocación fue tomando forma como respuesta a un llamado que insistía en permanecer.

En esta entrevista, él revisita memorias, comparte inquietudes y revela lo que sostiene su ministerio: la convicción de que cada persona en camino lleva consigo el rostro de Cristo y de que toda vocación nace, antes que nada, de un Amor que llama por su nombre.

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¿Nos cuentas un poco tu historia?

Nací el 29 de septiembre de 1996 en Sarandí, Río Grande del Sur, Brasil. Soy el primer hijo de Guiomar Antonio Carboni e Ivonete Romanzini Carboni, tengo un único hermano llamado Cristiano Carboni. Crecí con mis padres en la Comunidad San José Sobradinho hasta el año 2015, cuando ingresé en la Congregación de los Misioneros de San Carlos – Scalabrinianos, iniciando mi año Propedéutico en la ciudad de Jundiaí. Entre los años 2016 y 2018, realicé los estudios de Filosofía en la Facultad Vicentina, en Curitiba, Paraná, Brasil. En 2019 ingresé en el Postulantado, en Guaporé, Río Grande del Sur. Ese mismo año inicié mi Noviciado en Porto Alegre, con el Padre Gelmino Costa, CS, profesando mis primeros votos en la capilla del Noviciado el día 31 de mayo de 2020. Después del período de Noviciado, realicé una experiencia de seis meses con padres ancianos en la Casa San José, en Passo Fundo. En 2021, comencé mis estudios teológicos en el Instituto Teológico de São Paulo (ITESP). También llevé a cabo actividades pastorales en la Parroquia Nuestra Señora de las Gracias, en Vicente de Carvalho, San Pabulo, Brasil. En 2023 viví la experiencia del Tirocinio en la Misión Scalabriniana en La Paz, Bolivia, donde pude acompañé la Fundación Scalabrini y colaboré como coordinador de la Casa de Acogida para migrantes. Concluí mis estudios académicos en 2025 con la defensa de mi tesis; al mismo tiempo, participé en la pastoral de la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, donde, justamente el 14 de febrero, fui ordenado diácono por manos del Mons. Adilson Pedro Busin, CS, obispo de la diócesis de Tubarão, en Santa Catarina, Brasil. Actualmente, realizo mi ministerio diaconal en Jujuy, Argentina.

Profesión Perpetua de los Votos Religiosos de Ortiz Carboni, realizada el 8 de noviembre en la Parroquia San Juan Bautista Precursor y San Juan Bautista Scalabrini, en el barrio Ipiranga, en San Pablo, Brasil

¿Qué recuerdos de tu infancia en Sarandí marcaron más tu historia de fe?

Lo que más recuerdo de mi infancia son mis padres enseñándome a rezar. Antes de dormir, mis padres siempre venían a mi habitación y rezábamos juntos; después me envolvían en las mantas durante las noches frías del Río Grande del Sur. Más tarde, esa costumbre continuó, pero ya en la habitación de mis padres y por iniciativa mía, pues siempre decía: “vamos a rezar” y los llamaba, un gesto que sigo repitiendo hasta hoy. También tengo el ejemplo de fe de mis abuelos, tanto paternos como maternos. Ellos siempre llevaron una vida sencilla, pero llena de fe. De ellos conservo como gran testimonio la confianza que tenían en Dios. Al mismo tiempo, recuerdo a mi tía Clesi, quien en algunas ocasiones me decía que yo tenía “aspecto de sacerdote”, palabras que llevo conmigo en mi camino vocacional como un impulso. Son, al mismo tiempo, los valores que adquirí tanto de mis abuelos como de mis tíos, junto con la tradición de mi región y el amor al equipo de fútbol Gremio, heredado de mi padre.

 ¿Cuándo te diste cuenta de que Dios te llamaba para algo más grande?

En mi adolescencia, con mayor conciencia y madurez, cada vez que sentía el llamado, respondía que “no sería sacerdote”, porque no quería aceptar o asumir la responsabilidad de la misión de Dios en mi vida. Sin embargo, a los 17 años ya no pude negarlo nuevamente; después de despertar inquieto al amanecer, entre dudas e incertidumbres, decidí dar mi “sí” e ingresé al seminario. Cuando llegué a la Congregación, me identifiqué de inmediato. El hecho de identificarme con la Misión Scalabriniana viene de mi propia historia familiar, pues mis bisabuelas vinieron de Italia, comenzaron sus vidas en el sur de Brasil y fueron acogidas por los Scalabrinianos en Guaporé. Esta simple cercanía con el carisma de acoger y promover a las personas en movilidad me motivó a seguir como misionero. A lo largo del camino enfrenté dificultades de gran peso, donde incluso mis miedos terminaron siendo un impulso para avanzar.

Ordenación diaconal del Religioso Ortiz Carboni, CS, realizada el 14 de febrero en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, en Jundiaí, São Paulo, Brasil

¿Cómo fue el impacto de los primeros días en la Congregación en 2015?

De inmediato, lo que más me llamó la atención fue convivir con muchas personas de diferentes lugares de Brasil, cada uno con sus culturas y costumbres. Los dones regionales eran puestos en común. Pasar por varias etapas formativas me ayudó a madurar y crecer en la vida comunitaria, aprendiendo a superar mis propias limitaciones y a comprender que el otro también es diferente. Esto me ayudó a madurar en relación con los hermanos y en el trabajo con los migrantes; convivir bien en comunidad es también una forma de acoger bien.

 ¿Cómo fue tu primer contacto con la pastoral de los migrantes?

Al comienzo del camino vocacional, tuve mi primera experiencia con la pastoral del migrante en Jundiaí, con las Hermanas Scalabrinianas. Después, la experiencia más marcante fue en La Paz, en Bolivia, actuando y colaborando en las casas de acogida, donde pude notar la fragilidad de quien migra en busca de una vida mejor. Lo que más me marcó en mi experiencia en La Paz fueron los niños. Acogimos a muchos, y cada uno tiene historias de superación. Una en especial: estábamos en una reunión con la Cruz Roja de Bolivia cuando me llamaron para preguntarme si teníamos cómo acoger a una familia de diez personas. Dije que sí. Mi sorpresa, la ciudad de La Paz es fría, y ellos llegaron con ropa ligera, propia del verano; todos estaban quemados por el frío y con mucha hambre. Recuerdo que bajé con ellos hacia la casa de acogida, llevando a un niño en brazos, con frío. Me acordé de mi familia y fui llorando delante de ellos mientras los conducía a la casa, donde les prepararon arepas, comida típica de Venezuela. Prepararon incluso más, pues en esa familia grande había tres niños y una mujer embarazada. Recuerdo que, al descansar ese día, lloré mucho, porque me vi reflejado en aquellos niños. Llevo a mi ministerio todas las experiencias vividas como un gran aprendizaje sobre cómo estar con el hermano migrante, porque cada migrante tiene el rostro de Cristo.

Todo misionero está llamado a ser un puente para quienes buscan el pan en tierras desconocidas.

¿Qué pasó por tu corazón el 8 de noviembre de 2025, fecha en que profesaste los votos perpetuos?

Entregarse por amor y con amor, a Cristo y a la Congregación. El día de los votos perpetuos es un momento de gratitud a Dios; Él fue quien me capacitó para llegar hasta aquí. Es también un tiempo de perdón y de vida nueva. El ministerio diaconal es responsabilidad y compromiso. Y, a partir de ahora, quien está en primer lugar en mi camino como diácono es el Pueblo de Dios. Ser diácono scalabriniano es misión: es asumir el mandato misionero con profunda alegría.

 ¿Qué tipo de presbítero sueña con ser?

Quiero ser un sacerdote sembrador, como Cristo Jesús. Como siempre decía mi padre, Guiomar Carboni: “lo que sembramos, cosechamos”. Que yo pueda sembrar las semillas del Reino de Dios. Le pido a Dios que renueve mi “sí” cada día, especialmente en aquellos momentos en los que enfrente mayores dificultades. En estos últimos años me he enamorado cada vez más de San Juan Bautista Scalabrini, quien siempre intercede por mi vida, mi vocación y mi misión. Y que María, la Madre de mi vocación, esté presente en mi sonrisa, para que yo pueda ser alegría para mis hermanas y hermanos.

 ¿Qué mensaje dejarías a los jóvenes que sienten el llamado, pero tienen miedo de responder?

A los jóvenes que están descubriendo su llamado vocacional, láncense sin miedo. Como ya dije, Dios te “quiere”, así como Él me quiso a mí. Te hago una invitación a ti que estás despertando a tu vocación: como futuro de la Iglesia, sé parte de la familia scalabriniana. Es un modo de ser. Estar con la persona migrante es estar con Cristo. Reciban las bendiciones de Dios en sus vidas.

Vitor Azevedo

Fotos: Arquivo Regional da RNSMM, Pascom – Paróquia Sagrado Coração de Jesus e Arquivo Pessoal.

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