El caso de Venezuela
Hablando de migración

El 03 de enero de 2026, el mundo amaneció bajo el impacto de una noticia que atravesó fronteras y muros políticos. En la madrugada de ese viernes, Nicolás Maduro había sido detenido en una acción conducida por Estados Unidos. El episodio reposicionó a Venezuela en el centro del tablero geopolítico y reavivó una pregunta que ha acompañado a la región durante años: ¿cuáles serán los efectos de esta inestabilidad sobre los flujos migratorios en América del Sur?

Si bien el desenlace político todavía está abierto, una realidad sigue siendo concreta y mensurable: la migración venezolana sigue siendo un fenómeno continuo y estructural. Datos del Gobierno Federal indican que, entre 2017 y septiembre de 2025, 1.379.118 venezolanos ingresaron a Brasil en busca de protección o mejores condiciones de vida. De ese total, más de 732 mil permanecen en el país, muchos ya insertos en procesos de integración social y laboral.

En la frontera norte, en Pacaraima, Roraima, Brasil, la rutina no traduce sobresaltos abruptos. La Operación Acogida, coordinada por el Gobierno Federal, registró a lo largo de 2025 medias diarias que oscilaron entre 200 y 400 entradas. Los números varían, pero el flujo no cesa. Señal de que la decisión de migrar raramente depende de un único acontecimiento.

“La situación es realmente impredecible”, afirma el Padre Paolo Parise, CS, Director del Centro de Estudios Migratorios (CEM) de la Misión Paz, en San Pablo, Brasil. “No hay manera de afirmar si habrá aumento, disminución o incluso retorno de venezolanos que hoy viven en países vecinos, inclusive en Brasil”.

Según el Misionero Scalabriniano, las agencias de las Naciones Unidas y las organizaciones de la sociedad civil muestran un consenso marcado por la cautela. “Estamos ante un escenario que puede desplegarse en tres caminos: aumento del flujo, que se manifestaría primero en Roraima; movimiento de retorno, por ejemplo, de venezolanos que viven en el Sur y pasarían por San Pablo hacia Venezuela; o el mantenimiento del flujo actual”.

Según el ACNUR, unos 7,9 millones de venezolanos necesitan protección internacional en todo el mundo

Migración que no se desacelera

Aunque el inicio de 2026 haya registrado una reducción perceptible en la entrada de venezolanos en Brasil, la crisis migratoria no da señales de enfriamiento en su esencia. Datos de la Operación Acogida revelan que, en los primeros 13 días de enero de 2026, el número de entradas por la frontera de Pacaraima cayó a la mitad, con 1.014 registros, frente a 2.121 en el mismo período de 2025 y 2.161 en 2024, caída superior al 50% en la comparación interanual. En el mismo contexto, el total de personas alojadas en Pacaraima y en Boa Vista era de cerca de 5 mil, muy por debajo de los picos de 12 mil observados en años anteriores.

“La migración venezolana es un fenómeno de larga duración, que resiste a las variaciones momentáneas”, reflexiona el P. Paolo. Para el Director del CEM, la oscilación en los números de entrada no significa una reversión estructural. “Aunque haya caída en determinados períodos, la presencia venezolana sigue significativa y exige una respuesta concreta, no solo de emergencia”, afirma.

Esta realidad se refleja también en las políticas sociales brasileñas. Indicadores oficiales muestran que, a lo largo de 2025, más de 205 mil venezolanos se han beneficiado del programa Bolsa Familia, demostrando tanto las vulnerabilidades enfrentadas como los procesos de integración a la sociedad anfitriona.

La dimensión global de la crisis sigue siendo imponente: según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), unos 7,9 millones de venezolanos necesitan protección internacional en todo el mundo, con más de 395 mil reconocidos formalmente como refugiados hasta diciembre de 2025.

Los desafíos humanitarios y la integración

La intensificación de la crisis venezolana en los últimos años ha provocado efectos concretos sobre los sistemas de acogida en toda la región. En 2024, Brasil recibió 194.331 migrantes, de los cuales 94.726 eran venezolanos, según el boletín de la Secretaría Nacional de Justicia. Las cifras revelan la magnitud del desafío que enfrentan los estados y municipios, especialmente en las áreas de salud, asistencia social, vivienda y empleo.

El P. Paolo asegura que el contexto exige planificación y sostenibilidad. “El gran desafío actual es económico. Las agencias internacionales enfrentan recortes de recursos, y esto impacta directamente la capacidad de respuesta. Necesitamos buscar nuevas fuentes de apoyo para seguir ofreciendo acogida, alimentación, regularización migratoria, acceso al trabajo, aprendizaje de idioma y atención jurídica”, afirma.

Según el sacerdote Scalabriniano, la imprevisibilidad del escenario político amplía la responsabilidad de las instituciones humanitarias. “Estamos viviendo un momento que exige prudencia y atención constante, sobre todo a la frontera de Roraima, que funciona como un termómetro de la situación. Necesitamos estar preparados para diferentes escenarios, incluso para un eventual aumento del flujo”, explica.

En este contexto, la actuación de la Congregación de los Misioneros de San Carlos – Scalabrinianos busca equilibrar respuesta de emergencia y promoción de autonomía. La institución, por medio de sus Casas de Acogida y Centros de Atención para Migrantes, ofrece acogida, orientación documental y jurídica, encaminamiento al mercado de trabajo, entre otros servicios. P. Paolo destaca que el objetivo no es perpetuar las dependencias. “La acogida es incondicional, pero no podemos caer en el asistencialismo. El migrante no es visto como un ‘pobrecito’, sino como un protagonista de la propia historia, alguien que necesita apoyo en un momento de vulnerabilidad para reconstruir el propio camino”.

Él recuerda que muchos llegan a Brasil con formación técnica o experiencia profesional, pero enfrentan barreras como la validación de diplomas y el idioma. “Cuando ofrecemos formación y oportunidades concretas de inserción laboral, estamos permitiendo que la persona recupere dignidad y autonomía. Esto cambia completamente la perspectiva de la vida”.

Roraima concentra el primer impacto de la crisis, funcionando como un termómetro de los movimientos migratorios en la región

La dimensión humana

Entre estadísticas y proyecciones, el P. Paolo Parise insiste en que el debate no debe perder de vista lo esencial. “Debemos recordar que los migrantes son personas, no números o estadísticas. Nadie es ‘migrante’ en sí mismo, sino una persona en situación de migración”, afirma.

La observación, simple y directa, sintetiza una visión que va más allá del análisis técnico y alcanza el campo ético. Para él, el riesgo del debate público es reducir el fenómeno migratorio a porcentajes y presiones presupuestarias, olvidando que cada desplazamiento lleva consigo historias de ruptura y esperanza. “Muchas de estas personas no salieron de su país por elección, sino por necesidad. Cuando entendemos esto, nuestra postura cambia”, señala. El misionero subraya que la migración, aunque marcada por el dolor y la incertidumbre, es también espacio de reconstrucción. “La movilidad humana forma parte de la historia. Nuestro papel es garantizar que, en ese proceso, se preserve siempre la dignidad de la persona”.

La reflexión hace eco de la enseñanza del Papa Francisco, que en el Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado de 2018 sintetizó el horizonte ético de la respuesta cristiana ante las movilizaciones humanas:

“Deseo reafirmar que nuestra respuesta común podría articularse en torno a cuatro verbos fundados sobre los principios de la doctrina de la Iglesia: acoger, proteger, promover e integrar”.

Vitor Azevedo

Fotos: Adobe Stock, AFP e R4V

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