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El mensaje del amado Papa Francisco para la 109ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, celebrada en 2023, tuvo como tema “libres de elegir si migrar o quedarse”. Naturalmente, esta libertad no siempre es garantizada y, por lo tanto, cuando los migrantes deciden partir, no lo hacen por voluntad propia. En consecuencia, se ven obligados a afrontar diversas dificultades a lo largo del camino, como la falta de recursos financieros para costear el viaje, los “traficantes de carne humana” (coyotes), como los llamaba San Juan Bautista Scalabrini, las restricciones políticas y legales para cruzar fronteras y entrar regularmente en el país de destino, además del desarraigo cultural y la carga emocional de abandonar amigos, parientes y familiares.
¡Pero ellos migran! Migran movidos por la esperanza y el sueño de una vida digna. Y, escuchando nuevamente las palabras del Papa Francisco a los Misioneros Scalabrinianos que participaban del XVI Capítulo General: “Ellos parten con la esperanza de ‘encontrar el pan nuestro de cada día en otro lugar’ – como dijo San Juan Bautista Scalabrini – y no desisten, incluso cuando todo parece estar ‘contra ellos’, incluso cuando encuentran resistencia y rechazo. Su tenacidad, muchas veces sostenida por el amor a las familias que abandonan, nos enseña mucho”. Y el Santo Padre continuaba, aquel 28 de octubre de 2024, afirmando que “ellos –los migrantes– son maestros de la esperanza” e invitándonos a ser y a aprender con los migrantes.
San Juan Bautista Scalabrini nos enseñó que “para el migrante, la patria es la tierra que le da el pan”.
En esa búsqueda, a pesar de sus esperanzas, los migrantes frecuentemente encuentran callejones sin salida, son bloqueados por políticas restrictivas, muros y barreras que los obligan a tomar rutas aún más peligrosas. Los migrantes no son vistos como un recurso benéfico, sino como una amenaza. La visión predominante, por desgracia, no es la de San Juan Bautista Scalabrini – una mirada compasiva y conmovida –, sino más bien de odio e indiferencia.
Es la esperanza frustrada por la oposición y la indiferencia. De la misma manera, las abundantes narrativas inventadas sobre la migración y los migrantes casi siempre los presentan como “chivos expiatorios” para problemas sociales más profundos que no están relacionados exclusivamente con los propios migrantes, aunque, según estas narrativas, ellos son el problema.
Los migrantes, movidos por el deseo de encontrar el pan nuestro de cada día en otro lugar, nos recuerdan esta virtud: la esperanza. Dejan todo atrás – patria, familia, seres queridos, los pocos bienes materiales que a veces apenas pueden adquirir – y llevan consigo el sueño de una nueva vida. Esta nueva vida comienza lentamente, superando peligros y dificultades, y se consolida cuando encuentran personas e instituciones que, movidas por la caridad y el amor de Dios, están dispuestas a acogerlos, protegerlos, promoverlos e integrarlos. Pero con frecuencia el sueño de una nueva vida termina durante la propia jornada, tragados por la furia del mar, aniquilados en el desierto o en las fronteras con sus políticas restrictivas.
Desde una perspectiva realista, los migrantes, además de enseñarnos a vivir la virtud de la esperanza, nos ayudan a reconocer que son portadores de nuevas y valiosas ideas que podrían contribuir a la definición de estructuras y prácticas de cuidado mutuo para el bien común. Como sabemos, la migración fomenta el intercambio de tradiciones, idiomas, cocina y prácticas culturales. Enriquece la sociedad con nuevas perspectivas y celebra la diversidad, haciendo el mundo más vibrante y plural. Contribuyen significativamente a la economía, ayudan a impulsar sectores como la salud, la educación y la tecnología. Enseñan la importancia de la hospitalidad y la empatía en las relaciones. En muchos países, los migrantes ayudan a equilibrar la población, aportando energía y vitalidad renovadas a las comunidades marcadas por el envejecimiento de la población, garantizando así la continuidad de servicios esenciales.
Ser migrante con los migrantes, no es solo un modo de vida scalabriniano. Es un mandamiento amoroso de nuestro Señor que nos dice en el Evangelio: “Fui migrante y me acogieron” (Mt 25,38).
Los migrantes son verdaderamente maestros de la esperanza. De una esperanza que lleva a la acción. Una esperanza que genera cambios en la vida de los propios migrantes, así como en la sociedad que los acoge, porque cada vez que los migrantes se desplazan, toda la historia se transforma, se renueva y cambia.
Y nosotros, Misioneros Scalabrinianos, llamados a la vida consagrada y misionera, compartimos con los migrantes la vocación de ser y aprender de ellos, buscando contribuir en su acogida, protección, promoción e integración.
Fotos: Archivo regional de RNSMM y Adobe Stock